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Densa ha sido la historia mallorquina.
Multitud de pueblos han recalado en la isla. Claro que
lo mismo podría decirse de casi cualquier otro
lugar del Mediterráneo, con
lo cual el trasiego de culturas, el solapamiento civilizatorio,
no es un distintivo de Mallorca, pero
en ella tiene su singular secuencia.
Se llegaron los cartaginenses hasta
la isla unos cuantos siglos antes de Cristo, estableciendo
factorías a lo largo de la costa mallorquina.
Más tarde se constituiría Mallorca en
provincia romana, al igual que tantos otros territorios
de las dos riveras mediterráneas. La conquista
por Roma comenzó en el 123
a de C. por Quint Cecili Mentel:
la destreza de los isleños mallorquines con la
honda fue acaso una de las causas por las que llevó
a los romanos dos años su sometimiento y el de
la isla. Bajo Roma progresaron la agricultura
y la ganadería, se introdujeron novedosas técnicas.
Mallorca se constituyó en un importante centro
comercial del Mediterráneo occidental.
Roma fue un excelente negocio económico y cultural.
En Mallorca como en casi cualquier otro lugar del Imperio,
de los territorios donde esa civilización llegó
a desplegarse o a poner pie.
Todo se acaba. Los vándalos
-tribu germánica- la saquearon en el año
425 d. de C.; destruyeron Pollentia, la capital administrativa
de la isla. Mallorca formó parte del reino vándalo
entre los años 455 y 534. A
partir del 534 Mallorca es incorporada al Imperio Bizantino,
bajo Justiniano:el general bizantino Apolinar
conquista las islas; se abre una nueva etapa.
Y en el 903 otra: la conquista islámica.
En el año 1115, la dominación árabe
ve uno de sus eclipses: una cruzada italo-catalana saquea
Medina Myurca (actual Palma). La piratería
se había practicado a niveles inaceptables, patético
recurso de la empobrecida Mallorca.
Y en 1229, la llamada
conquista catalana. Nuevo cambio civilizatorio. El Cristianismo
y la (más tarde) llamada cultura occidental toman
de nuevo el control de la isla. A la muerte de Jaume
I, se trocea el imperio. Mallorca le cae en suerte a
Jaume II. El Reino privativo conoce
el esplendor cultural mallorquín de la Edad Media.
Ramon Llull ve la luz. Más tarde, Mallorca es
reincorporada a la Corona catalanoaragonesa,
en el que tendrá un peso levísimo.
Los siglos XVI y XVII lo son de crisis
y revuelta. Joan Crespi (al frente de los gremios urbanos)
y Joanot Colom (encabezando a los payeses)
se las verán en las primeras décadas del
XVI con el emperador Carlos I. En los comienzos del
XVIII la guerra de Sucesión
verá a las elites mallorquinas -como a las catalanas-
junto al archiduque Carlos y frente
al Borbón francés. Un nuevo orden político
será el resultado de la guerra y de la derrota
de las preferencias mallorquinas. La cultura de expresión
mallorquina (o catalana) será borrada del mapa,
o minorizada. A principios del XIX se vive un renacimiento
cultural.
Ese siglo, el XIX, contemplará
un comienzo de industrialización. Pequeños
talleres, que evolucionan a fabricas con presencia
del vapor. Los sectores preferentes: el textil, el calzado.
En el XX se consolidarán los
cambios agrícolas ya apuntados en el siglo anterior.
Mecanización de la industria. El turismo bosteza
en los años 20 y 30. La guerra civil
contempla una elites mallorquinas mayoritariamente
franquistas. En la década de 1960 se
vivirá el boom turístico. Turismo y tocho,
centros gravitatorios de la economía isleña
en lo últimos decenios. Una clase media centroeuropea
-en especial alemana- va aposentándose con firmeza
en la isla de Mallorca, transmutándola
en un nuevo lander alemán.
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